25 Septiembre 2020 | 1:29

El derecho al olvido

¿Qué tienen en común Samanta, Natalia, Roberto Baggio y Kate Winslet?

 

13.08.2020 21:23 |  Por Perandones Alejandro | 

Alejandro Perandones
Alejandro Perandones

perandones.a@gmail.com

Periodista

Probablemente, Estados Unidos fue anfitrión de uno de los mundiales de fútbol más anodinos. Si bien es cierto que, para los argentinos, la salida de Diego Maradona del plantel de Basile que tanto nos había entusiasmado en la previa había marcado un quiebre, lo presentado por las selecciones participantes no quedará en los anales del juego. La final fue un eco del certamen. Italia y Brasil protagonizaron un partido pobre, con más miedo al error que ansias de gloria. Si no llegaba la definición con tiros desde el punto de penal todavía estaríamos esperando el desequilibrio.

El gran evento encontró a Roberto Baggio “al dente”. El astro italiano llegaba con toda la magia de la liga más poderosa y el encanto peninsular. Dominante en su deporte y en la periferia que el calcio ofrecía a sus figuras, Robbie -con el Balón de Oro reposando en las vitrinas de su mansión- transitaba el sendero de un puñadito de elegidos: coronar en el Mundial, colgarse la chapa del mejor de su tiempo y a gozar de los eternos laureles que supo conseguir.

La definición lo encontró como a todos los grandes: al fondo de la lista para cerrar el pleito. El 10 azzurro se paró con clase frente a Taffarel, el arquero rubio al que Caniggia había desparramado 4 años antes. Pitazo, el tiro escondido durante la carrera para no dar pistas. Taffarel eligió su palo izquierdo, Baggio abrió el empeine para guiar la pelota al otro y hacia arriba. Todo bien, o casi. La pelota se va apenas sobre el travesaño. No hubo más. Brasil nuevamente campeón.

Cuántas veces habrá repasado mentalmente ese episodio que tiñó una carrera entera. ¿Qué daría Roberto para tener derecho al olvido? No es mucho, solo quiere que dejemos a un lado esos fatídicos 4 segundos frente a 19 temporadas de profesionalismo singular.

Pero no se puede. Muchos chicos de este tiempo parecen transferir, en ocasiones, la lógica de los videojuegos, donde un botón devuelve intacta la vida que acaban de perder. No es posible en el mundo real. Somos, para bien o para mal, el resultado de la suma de todos nuestros actos. La vida de cada individuo está poblada, aunque no de un modo tan expuesto como el amigo Robbie, de momentos que querríamos olvidar o, también, que deseamos esfumar de la memoria ajena.

Pensar nuestra especie sin el cruce inexorable del tiempo es algo tan erróneo como inútil. Algunas corrientes recientes han cometido ese error, pretendiendo borrar una época de la historia al voltear un monumento. Como si ese anacrónico derrumbe expiara a generaciones enteras o despejara un porvenir para los que los sucedieron en el camino.

En la actualidad vivimos inmersos en lo que Borges imaginó. En casi todos los bolsillos habita un aleph que nos traslada al conjunto de las geografías, a la suma de las obras de las bibliotecas. Ya no hay espacios para una vida completamente anónima. Esto, que es algo para lo que también debemos educar a nuestros chicos -tantas veces expuestos en redes y luego rehenes de una memoria infinita- probablemente constituya uno de los grandes desafíos culturales que enfrentaremos. No necesariamente debemos encararlo con actitud negativa. Hasta no hace muchos años, se sostenía que la conducta de las personas en los pueblos no era diferente por motivos éticos o morales, sino porque en las pequeñas localidades todos los habitantes son, en cierta manera, conocidos. Esa “trazabilidad” era la causa de la moderación de los comportamientos. Hoy, de un modo u otro, somos rastreables. Más de un guionista ya ha trabajado en la ficción proyectando a grupos terroristas del futuro como individuos absolutamente analógicos para no ser captados por “el sistema”.

¿Cuál podría ser el límite del fallo que ha favorecido estos días a Natalia Denegri? Ella aduce que el material ahora vedado “no le aporta a nadie”. Entre los considerandos del fallo se lee que al recortar el acceso no se afecta el derecho a verdadera información, sino la llegada a datos que “alimentan el morbo”. La pregunta que emerge de inmediato es cuántos alcanzarán el mismo beneficio ¿Políticos podrían solicitar que se desactiven archivos que los encuentran en posiciones abandonadas?

Es claro que no se trata de un verdadero olvido, acción que recae en terceros, sino un límite al conocimiento o repaso de hechos públicos (no se habla aquí de ninguna afectación a la intimidad de las personas) que ciertamente han tenido lugar. Es una “corrección” del pasado para aliviar el presente y abrir el futuro. El paralelo con Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, surgida del imaginario del genial guionista Charlie Kaufman, es nítido. En la película, un extraño médico ofrece el servicio de extirpar recuerdos que duelen. Pero la decisión, aunque polémica, es personal. La amiga de Samanta acá nos cercena a todos. ¿Es legítimo? ¿Cuáles son los límites que aceptaríamos si se sentara jurisprudencia?

Así como cada noche vemos la luz de estrellas desaparecidas hace milenios, cada jornada será más difícil pretender borrar las imágenes que generamos, las impresiones de nuestra libertad. La responsabilidad de cada uno de nuestros acontecimientos integrará el equipaje que cargaremos el resto de la vida. Será nuestro bagaje, la experiencia de la que podremos abrevar para mejorar. También contendrá aquello que perdonaremos para seguir el viaje.

Para los mortales el olvido no será un derecho, es una condena.
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